
A principios del siglo XIX cuando los campesinos levantaron las aldeas de Aguadas, Pácora y Salamina, tumbaron pedazos de selva y organizaron sus parcelas para cultivar productos de subsistencia, se fueron formando los futuros peones de las nuevas haciendas. La finca familiar se convirtió en el semillero de jornaleros agrícolas.

Era casi la media noche cuando me subí al ascensor en un hotel de Lima, lo hice en la primera planta, iba al séptimo piso, en el segundo entró un hombre de mediana edad, pesado y calvo, con rasgos orientales, vestido con un esmoquin de camarero y en la solapa una placa con su nombre: Utamaro. Yo, que había bebido tres o cuatro copas de vino, comencé a susurrar el nombre que acababa de leer.

La lectura del libro “Monólogos de Florentino”, de José Jaramillo Mejía, obliga a hacer una nueva valoración del trabajo literario de este escritor oriundo de La Tebaida, pero aquerenciado en Manizales, como que en esta ciudad estudió su bachillerato, en el Instituto Universitario de Caldas.