
El pasado 2 de mayo se cumplieron siete años de la muerte del novelista colombiano Fernando Soto Aparicio. Siete años durante los cuales sus lectores han seguido disfrutando esa prosa de alto vuelo poético que habla sobre la realidad social de Colombia, y las editoriales haciendo nuevas ediciones de sus libros para atender la demanda de quienes encontraron en su narrativa la voz de un hombre que hablaba por los que no tenían voz, y que se sigue haciendo sentir en quienes saben que la literatura debe cumplir esa función de denunciar las injusticias sociales y buscar la reivindicación de los que nada tienen. Las novelas escritas por este hombre sencillo, fallecido el 2 de mayo de 2016, son una radiografía de esa angustia de la gente que no sonríe porque lleva una tristeza tatuada en el alma.

Ya pueden verse en los árboles del parque, o en cualquier matorral por pequeño y desprolijo que sea, las aves migratorias que vienen del norte huyendo de un frío que aún no llega con el ímpetu que su instinto en cambio ya supone.

El presidente Petro en su “balconazo” del primero de mayo, convoca a la revolución a unos espectadores agolpados en el centro de Bogotá, traídos de diferentes sitios del país con el fin de generar en la mente de los ciudadanos la imagen de un respaldo masivo, general e incontrovertible.